El paria y su canto*.

De entre todos los lugares comunes que se apilan en la noción del mexicano arquetípico, pocos hay tan fastidiosos (y en este caso no es poco decir) como el que habla de su relación con la muerte. Y utilizo el término arquetípico como eufemismo de idea neurótica: esa representación deforme de uno mismo con la que se intenta enmascarar aquello que nos resulta insoportable de nosotros. La representación panfletaria, folklorista, de nuestra historia está salpicada de referencias a la risa que nos provoca la muerte; a la ingeniosa forma en que, una vez tras otra, la retamos o nos burlamos de ella, y a la dignidad con que la asumimos cuando llega. Aunque esa deslavada postal puede hacer las veces de infomercial turístico y se pretende que sea en parte responsable de los dólares y euros que algunos curiosos dejan en nuestro territorio, lo cierto es que el destinatario del mensaje es, en primer lugar, el mismo que se desearía protagonista de esa ficción. Recurrí a la neurosis como plano de representaciones para este rasgo: el neurótico es quien confecciona una elaborada estrategia publicitaria cuyo destinatario es él mismo. Es la madre que canta una canción de cuna y a la vez el niño que se adormece con ella. Ese montaje que lleva a cabo, de quien es también el público, tiene sentido no por la representación en sí, sino por lo que se desea ocultar con él. Es la varita mágica que se agita con una mano, mientras la otra lleva a cabo el truco, justo frente al espectador, pero a resguardo de su vista.
¿Qué se desea ocultar con esa representación delirante de nuestra relación con la muerte? Se podría intentar la cartografía de todas las implicaciones de ese ocultamiento en un plano secundario, pero estaríamos pisando un terreno incierto, resbaladizo, y no soy ni por mucho la persona indicada para hacerlo. Pero lo que se enmascara en primera instancia es sencillo: la verdadera naturaleza de la representación íntima que nos hacemos de la muerte. Y se trata de una representación que en muchos rasgos es bastante rudimentaria. Nos entristece la certeza de nuestro fin y nos espanta hasta el punto de negarlo. En un rincón interior, lejos de la luz, creemos que podremos evitar su llegada o aplazarla indefinidamente. Entre esa convicción secreta y ese miedo, también secreto, oscilamos, confundidos. Se trata de una relación ambivalente y ninguno de los extremos se acerca a la bravuconería de nuestros alardes.
La representación femenina de la muerte es también sintomática: aun cuando en el plano explícito alternativamente se le exalta y se le desprecia, a la mujer se le teme secretamente y el poder que ejerce sobre el hombre es incluso mayor por hallarse encarnado, lejos de la vista. Si todo esto suena como un cuadro, además de machista, infantil, se trata de la misma cosa: en México se le puede cantar a la madre como si se tratara de una divinidad, y llegar a comer a su mesa, bien cumplidos los cuarenta, tratándola con despotismo porque le faltó sazón al guisado, como si no hubiéramos dejado de ser ese escuincle que a su vez jugaba a tomar el sitio del padre. El mismo enamoramiento soterrado y perenne hacia la madre, a la vez lleno de temblor reverencial y soberbia, es el que nos une a la muerte.

En el libro que hoy me ocupa se refleja mejor todo esto, sin la obscenidad con que trastabillé en los párrafos anteriores y con una lucidez poética de pulso firme. Si parece que me demoré demasiado para hablar de él, debo decir en mi defensa y a favor de esta novela, que su lectura me hizo pensar en lo acabo de leerles, y por eso lo hice. No se trata de que los personajes de El cantante de muertos padezcan los rasgos de los que acabo de hablar, sino que en las entrañas expuestas de la familia que protagoniza la historia se refracta la estereotipia de quienes la rodean, de la inmensa mayoría que cae víctima de aquella ambivalencia y ejerce una presión frente a la cual ha tenido que formarse la identidad de cada uno de sus miembros.
El padre de Pablo Rodas, narrador y personaje central, le canta a los muertos para despedirlos en su velorio. Es la ocupación que lo define, aunque a sus bolsillos caiga dinero ganado en otro oficio. La disfruta y la padece como si se tratara de una orden lanzada por una instancia inapelable, desde un sitio desconocido. Él y el resto de su familia son estigmatizados por este oficio en los pueblos y rancherías donde ese trabajo es aún solicitado, y se convierten en animales exóticos, motivo de murmuraciones de extrañeza, en la periferia de Monterrey, donde viven. El tacto de la muerte ha vuelto a su padre indispensable en ciertos momentos, y un apestado el resto del tiempo. Su lugar se asemeja al de un verdugo, aunque su trabajo se encuentre en las antípodas: es quien facilita la retirada, no quien por su fuerza la desencadena. Sus canciones existen por la misma razón que es necesaria la catarsis. Aquel dolor y memoria que se retiene, que se niega a convertirse en recuerdo, amenaza con infectarse y supurar si no llega el llanto, el grito con que nos desprendemos. El sitio que ocupan los vivos debe ventilarse cuando quienes se marcharon ya no están y dejar en su lugar el recuerdo. La guitarra y la voz del cantante de muertos sirven para eso.
En Ciudad sobre ciudad, Eugenio Trías propone refundar el entorno simbólico que habitamos. La materia con que debe construirse esta nueva casa es la estética de las artes. Cada una cumple una parte insustituible, pero hay dos de las que parte el resto del proceso: la arquitectura, que trazaría la forma del espacio, y la música, que llenaría el aire en que nos movemos y marcaría el tiempo. Los muertos necesitan ayuda para encontrar su camino de ida, llegar a su nueva casa y habitarla. Este es el propósito de las canciones de Salvador Rodas: comienzan a revelarles los trazos de su nuevo mundo, para que no extrañen el que abandonan.
De cualquier forma, lo que se cuenta en esta novela es a la vez más extenso, porque esta no es más que una parte de la historia, y más lírico. Cité a Trías porque en principio me pareció una referencia que me revelaba ciertos aspectos de la historia. Pero muchas de las categorías del pensamiento occidental suenan burdas al lado de lo que en última instancia resulta inefable y no se deja sondear más que con símbolos y relatos. Sobre todo, a Toño Ramos no le interesa discursear, como lo he intentado torpemente en estas líneas. Me imagino que está consciente de que aquello que nos teje en lo más profundo es impermeable a la razón y por esto es que desde siempre nos hemos contado historias para atisbar sus perímetros. El cantante de muertos es un ejemplo, si los sigue habiendo hoy, de este sentido trascendente de las historias, el primero y más profundo. En ella se habla sin grandilocuencia, y sin intercalar interpretaciones o alusiones teóricas que en una novela resultarían tramposas, de cómo la certeza del final nos recorre por dentro, como una carga conflictiva y trágica. Lo hace de una forma honesta, dejando que cada parte de su entramado se revele por sí mismo.
Ciertas vacilaciones iniciales, o mejor dicho, ciertos detalles que oculta durante parte de los episodios y que en momentos inesperados se revelan como por descuido, llegaron a provocarme varias de esas pequeñas frustraciones de lector malcriado. Seguí, llevado por la corriente de la historia, hasta que supe que es justo así como conocemos a las personas fuera de las páginas: las piezas que explican la mayor parte del conjunto tardan en entregarse. Hay que escarbar hondo para saber quién es la gente que nos rodea y cuál es la manera en que su muerte se va construyendo. En ese sentido, y en todos los demás, El cantante de muertos se lee como algo verdadero. El mapa sobre el que se mueve resulta familiar y a la vez nuevo, como algo que se comprende de pronto, aunque haya estado siempre ahí, junto a nosotros.
*Texto leído en la presentación de “El cantante de muertos”, de Antonio Ramos Revillas. Ed. Almadía.

